Gestión de Aula

La mediación como herramienta para la resolución de conflictos.

Después del núcleo familiar, el centro educativo, y más concretamente, el aula, es el escenario de socialización más influyente que tienen los estudiantes. Y como ocurre en cualquier contexto social, los conflictos forman parte del día a día. Los conflictos no tienen por qué ser algo negativo. De hecho, una buena gestión del conflicto ayudará a los miembros de la comunidad educativa a crecer, a empoderarse, a sacar una enseñanza positiva de tal situación.

Centrándonos en la problemática de la convivencia dentro del aula, podemos observar que ésta puede estar determinada por diferentes factores: de personalidad, de influencia familiar, de calidad de las relaciones entre iguales, características del propio centro, influencia de factores externos como los medios de comunicación o contexto social, … Factores que inevitablemente coexisten con el alumnado y que, por lo tanto, debemos enseñarles a convivir con ellos.

Cuando en un aula surge un conflicto, la consecuencia más inmediata y visible recae, principalmente, sobre las relaciones personales y el estado de ánimo de los afectados directamente por la situación. En estos casos, el papel de la mediación para la resolución de conflictos es fundamental, porque es la manera de asegurar que las dos partes toman partido de forma activa para llegar a la solución del problema.

Pero, ¿cómo llevamos a cabo un proceso de mediación dentro del aula?

Lo primero que necesitamos es la figura de un mediador. El mediador debe ser alguien imparcial ante la situación problemática. Puede ser el docente, algún compañero que no esté involucrado en el problema, o si no se puede encontrar dentro de la propia clase, puede acudirse a un mediador externo.

Una vez tenemos la figura del mediador y las partes implicadas, es momento de comenzar con el proceso de mediación, propiamente dicho. Este proceso conlleva una serie de etapas, que son las siguientes:

  1. La premediación. En esta etapa vamos a concretar las condiciones que van a facilitar que se lleve a cabo la mediación. Es decir, identificar las partes involucradas, concretar el problema que les afecta, conocer los intereses de cada parte, …
  2. Presentación del proceso de mediación. Aquí lo importante es explicarles a las partes implicadas en qué consiste el proceso de mediación. Se les expondrán las normas que deben seguir; se explicará cómo se va a desarrollar el proceso y qué se pretende conseguir; se presentarán, a grandes rasgos, las distintas percepciones que tienen las partes de la situación; y, una vez presentada la situación, las partes implicadas deberán aceptar la participación en este proceso de resolución de conflicto. Es importante recordar, que participar en un proceso de mediación es algo voluntario, por lo tanto, las personas afectadas deben conocer previamente las condiciones del proceso y determinar si quieren seguir adelante con él.
  3. Cuéntame. Esta etapa es muy importante, ya que es la etapa donde cada parte cuenta su visión del conflicto con todo detalle. No sólo se presentarán los hechos ocurridos, también es el momento de exponer los sentimientos y las emociones que ha producido la situación problemática.

En esta etapa, ambas partes podrán, de forma equitativa, expresarse libremente, exponer su versión de lo ocurrido, sentir el mismo nivel de protagonismo que la otra persona en el caso, escuchar detenidamente la versión de la otra parte y, en ningún caso, juzgar ni ser juzgado. Recordemos, es una etapa de exposición. Nada está “bien” ni “mal”. Cada parte, ha vivido la situación de una manera y desde una perspectiva, y ahora es el momento de contarla con detalles basados en la propia experiencia.

El trabajo del mediador en esta etapa, consistirá en escuchar y comprender a cada parte; prestar especial atención al lenguaje no verbal que también aporta información importante; impedir interrupciones entre los participantes; y desarrollar una conducta empática, de manera que sea capaz de analizar cada narración en primera persona.

  1. Aclarar el problema. En esta etapa, el mediador ha de identificar y exponer los puntos de acuerdo y desacuerdo que surgen de las exposiciones de los participantes. Estos puntos no solo deben referirse a los hechos ocurridos, también han de incluirse las emociones y sentimientos encontrados.

El mediador tiene la misión de redefinir el conflicto, es decir, crear una versión única basada en las experiencias contadas previamente por las partes. De esta manera, se obtendrá una versión consensuada por ambas partes. También se identificarán las posturas comunes, a través de las cuales se podrán encontrar los puntos que pueden desbloquear el conflicto.

  1. Proponer soluciones. Una vez delimitada la problemática en la etapa anterior, es el momento de que cada parte exponga las posibles soluciones que ve para zanjar el conflicto. El mediador no es quien da las soluciones, sino que anima a los participantes a ser ellos mismos quienes las elijan de forma activa.

Para el desarrollo de este ejercicio, se determinarán, primeramente, los puntos a solucionar. Una vez delimitados, se irán proponiendo soluciones de forma conjunta para abordar cada uno de ellos. En esta etapa no hay que delimitar la solución final, por lo tanto, se aceptan todo tipo y cantidad de ideas. Lo importante es que respondan a las necesidades que se han identificado previamente y que sean elaboradas y aceptadas por ambas partes.

Una vez expuestas las posibles soluciones, éstas serán evaluadas por parte de las personas implicadas para comprobar que se ajustan a la situación que se trata.

  1. Conclusión y acuerdo. Con las soluciones propuestas y evaluadas, es el momento de llegar a un acuerdo común. Es el momento de comprobar qué aspectos positivos y negativos tienen cada una de ellas, y las facilidades o dificultades que pueden surgir para llevarlas realmente a cabo.

En esta etapa, la persona encargada de la mediación, ayudará a la definición del acuerdo y asegurará que éste cumpla los requisitos necesarios tras un proceso de mediación. Este acuerdo ha de ser equilibrado y equitativo con ambas partes; tiene que ser realista con objeto de llegar a su cumplimiento; debe estar definido de corma clara y concreta, para que no haya lugar a equívocos ni interpretaciones personales; debe ser aceptado en igual medida por ambas partes; tiene que ser evaluable para poder comprobar que las soluciones seleccionadas son efectivas; tiene que dar lugar a la mejora de la relación entre las partes; y, finalmente, tiene que ser redactado y firmado, tanto por las personas implicadas en el conflicto, como por el mediador, y cada uno conservará una copia de lo pactado.

Cada caso, podrá disponer de una séptima etapa, que será la de evaluación, cuyo objetivo será comprobar que se están cumpliendo los acuerdos y que la problemática, realmente, se ha solucionado. A veces, la misma convivencia diaria en el aula puede servir de revisión.

Este proceso de mediación, no es sólo aplicable dentro del aula, sino que puede llevarse a cabo en cualquier conflicto surgido entre los diferentes estamentos que conforman la comunidad educativa: centro, alumnado, familias y organizaciones. Con la mediación, adoptamos una actitud activa que promueve la implicación en la mejora y mantenimiento de la convivencia.

Todo es posible con Entrega, Ganas y Voluntad.