La crisis provocada por la COVID-19 ha tenido importantes consecuencias a nivel sanitario, económico, social, laboral, … Pero, sobre todo, esta pandemia ha afectado de notable manera en el plano psicológico y emocional de la sociedad.

Estas consecuencias pueden tener diversas manifestaciones, ya sea en forma de ansiedad, preocupación, trastornos del sueño, tristeza, u otros comportamientos y pensamientos que afectan negativamente a nuestro bienestar emocional. En el caso de los más pequeños, es común que ese sentimiento se exprese en forma de miedo. La falta de madurez, el exceso de información, las consecuencias de la crisis en su entorno más cercano, la propia personalidad del infante o la emoción y la sensación que proyecta su entorno, pueden producir que los menores sientan un miedo, a priori, “desproporcionado”.

Este miedo puede aparecer en innumerables situaciones, ya sea a la hora de salir de casa, de volver al colegio y tener que relacionarse con los compañeros, de que alguno de sus padres tenga que reincorporarse al trabajo, … En definitiva, de tener que retomar actividades que se habían visto interrumpidas a causa del confinamiento.

¿Qué hacemos cuando un niño tiene miedo? ¿Cómo podemos ayudarle a gestionar esa emoción? ¿Qué podemos hacer desde el aula?

Lo primero, es importante hacerle ver que el hecho de sentir miedo en una circunstancia como la que hemos vivido, es algo normal. Ha sido una situación atípica, que se ha prolongado mucho en el tiempo, que ha traído consecuencias negativas en muchos planos de nuestra vida, que se ha dado a nivel global y que aun es desconocido el alcance total que va a tener en nuestras vidas. Por tanto, ese miedo es lógico sentirlo, pero, aun así, tenemos que intentar afrontarlo.

Como se ha mencionado antes, el miedo se puede manifestar de distinta forma y en diferentes situaciones. Por ello, es importante recabar información sobre lo que siente el alumno. Hay dos aspectos importantes que debemos conocer: por un lado, cómo ha vivido su entorno la crisis de la COVID-19, es decir, cómo han vivido el confinamiento, si ha habido en su entorno algún enfermo/víctima del coronavirus, si algún familiar cercano es personal sanitario,… ; y por otro lado, qué es lo que le da miedo exactamente, es decir, si enfermar, que se repita la situación, volver a salir y tener contacto con gente,… Con esta información, sabremos cómo enfocar el problema.

Es interesante, sobre todo en edades adolescentes, valorar si lo que necesita es desahogarse. A veces, la expresión de los sentimientos y las emociones bastan para producir un “desbloqueo” o incluso encontrar la solución o las respuestas a sus preguntas. En ocasiones ese miedo son dudas y cuestiones que no termina de entender y no sabe cómo preguntar. Recordemos que nos encontramos en una etapa del desarrollo donde ser humano está creciendo en todos los aspectos, y puede ocurrir que su nivel de madurez no sea suficiente para entender ciertas cosas por sí solos.

En esos casos, es importante, en la medida de lo posible, resolver las dudas que puedan tener. Los niños, independientemente de la edad, agradecen la honestidad por parte de los adultos. Por ello, es primordial que siempre que vayamos a contestar sus preguntas lo hagamos con la máxima sinceridad. Si hay algo que no sabemos contestar, es mejor decirles “no lo sé”, antes que maquillarles la realidad.  Ante una situación como ésta, es normal tener dudas, y a veces, sólo se podrán ir resolviendo con el día a día.

Para afrontar ese miedo, también es fundamental darles tiempo y espacio para asimilar los cambios y toda la información que van recibiendo en cada momento. No podemos forzarles a dar pasos sin estar seguros, pero sí que podemos acompañarlos en el proceso. Por ejemplo, si nos encontramos con un adolescente con reticencias a volver a relacionarse con sus compañeros, podemos ayudarlo favoreciendo que esas relaciones no se produzcan de manera brusca y que sea algo más paulatino.

En definitiva, si nos encontramos con alumnos que presentan miedo ante ciertas situaciones novedosas en la vuelta a las clases, lo mejor que podemos ofrecerle es apoyo por parte de los docentes, sus compañeros y, por supuesto, con la colaboración de la familia. Sobre todo, si ese alumno o esa alumna ha vivido una experiencia traumática durante el estado de alarma.

Retomar nuestra vida de antes es un proceso costoso para todos. Por ello, es imprescindible poner el foco en la gestión de las emociones, no sólo en las que traen de casa, sino también en aquellas que van surgiendo con el desarrollo de los acontecimientos. Sin duda, este es un momento donde va a ser determinante trabajar en el plano de la inteligencia emocional, porque va a ser la base para el reajuste y la adaptación a lo que ya llaman “nueva normalidad”.